Controversia de nuestra era, donde no todo es negro o blanco...
escribe: CRISTIAN SELMAN S. Docente Ingeniería Civil Informática Universidad San Sebastián
LUNES 6 de febrero del 2012
La iniciativa legal del Congreso de Estados Unidos conocida como ley SOPA, que buscaba controlar el uso no autorizado de la propiedad intelectual, y el cierre del portal de descargas Megaupload, generaron un intenso debate sobre piratería digital. Los argumentos esgrimidos por quienes están contra se relacionan con la necesidad de proteger la provisión y la creación de obras intelectuales. De no controlarse la piratería, señalan ellos, las editoriales, disqueras, etc, podrían colapsar, arrastrando con ellos a los creadores y sus obras.
Sin embargo, esta posición de tolerancia cero no tiene en cuenta la complejidad del fenómeno. De hecho, bajo ciertas condiciones, un cierto nivel de piratería puede favorecer a una empresa. Por ejemplo, mientras más personas usan el procesador de texto Word, en vez de otro, más se benefician de su uso: Cuando usted envía sus documentos de texto a otra persona no se preocupa de si ella será capaz de abrirlo o de si, al abrirlo, se desconfigurará, cosa que podría pasar si el destinatario usara otro procesador de texto. Así, para una empresa puede resultar atractivo tolerar cierto nivel de pirateo ya que le permite abarcar una cuota mayor del mercado e incentivar la compra de productos asociados.
También, en el caso de la música, algunos economistas señalan que el pirateo de las superestrellas incentiva a los sellos a concentrarse en promover artistas nuevos, con lo cual, el número de artistas en circulación aumentaría. De este modo la piratería, indirectamente, fomentaría la creación.
Por otra parte, los argumentos esgrimidos por quienes defienden la piratería, podrían resumirse en la idea de que al descargar una obra de forma ilegal, el original no desaparece, es decir, no hay un robo tal como se entiende en el mundo material. Además, según ellos, la piratería permite difundir el conocimiento y la cultura, sobre todo entre los más pobres. Algunos incluso sostienen que una obra no debería ser propiedad de nadie, ni siquiera de su autor, ya que ha sido construida a partir de los conocimientos y experiencias acumuladas a lo largo de siglos por la humanidad. Sin embargo, esta visión extrema, a mi juicio, subestima el esfuerzo de los creadores y la capacidad para dotar con sello propio sus producciones. Por lo demás, si esta visión se impusiera, la cantidad o la calidad de las creaciones intelectuales probablemente disminuiría, pues ¿cómo podría un artista vivir a costa de su trabajo, si no puede extraer alguna remuneración? Un músico podría vivir haciendo recitales, pero ¿cómo podría hacerlo un escritor?
Hasta ahora, los Estados han tratado de conciliar el objetivo de difundir la obras intelectuales con el de promover su creación otorgando derechos de autor por períodos limitados. Así, la propiedad intelectual de una obra, por ejemplo una novela, suele expirar 70 años después de la muerte de su autor. En www.archive.org hay miles de obras que ya forman parte del patrimonio común de la humanidad.
Pero, en mi opinión, mucho menos piratería se observaría si se facilitara la compra en línea, a precios bajos, por cierto. Mientras adquirir canciones en Internet sea una opción fuera del alcance de la mayoría, por los procedimientos de compra involucrados, siempre será más fácil descargar gratis las canciones deseadas que pagar $8.000 por un CD que ofrece un paquete con algunos temas que no necesariamente se desean.
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