REIVINDICANDO LOS JUEGOS CALLEJEROS
¿A qué jugaban los niños osorninos de los años 60?... y la gran herencia que podrían dejarle a sus nietos, porque hoy ya son abuelos. SURLINK trabaja en un proyecto de rescate patrimonial apoyado por el Fondo de Medios de Comunicación 2011 de la Región de Los Lagos y con el entusiasmo de “los muchachos y muchachas de antes”.

 

DON PEDRO MUÑOZ, as del trompo en su niñez, muestra que aún conserva sus habilidades, pese a que no le queda mucho para convertirse en bisabuelo, como lo ha confesado a nuestro medio.

 

 

por MILTON VARGAS
Editor SURLINK

LUNES 31 de octubre 2011 | 23:30 hrs.

En los años 60 del siglo pasado, cuando los abuelos y abuelas de hoy eran niños, Osorno era diametral y dramáticamente diferente a lo que es hoy. Y era que no…

Hace 50 años,  muchos de los extensos barrios que hoy ocupan la periferia del casco urbano histórico de la ciudad no existían. Ni aquellos ubicados en la ribera norte del río Damas, ni los que hoy ocupan los otrora fértiles campos del costado sur. Ni menos el populoso sector de Rahue Alto, ni los de la cadena de colinas del noroeste que era conocida como la Pampa Schilling.

Incluso el hoy controvertido Parque Hott –campo mediático de batalla de los políticos locales en la segunda década del siglo XXI- era un enorme basural en La Ovejería, hediondo a más no poder, plagado de guarenes (ratones gigantes) y por una cobertura negra conformada por jotes, aves carroñeras emparentadas con el soberbio cóndor, que adorna nuestro escudo nacional, y que vivían y se alimentaban ahí con verdadera fruición.

ERAN OTROS TIEMPOS…

Los viejos barrios populares, como Rahue Bajo, o de la periferia de la Feria Pedro Aguirre Cerda, además tenían sus calles de ripio y sus veredas eran de maicillo, un material pétreo que hoy se sabe proviene de los flujos piroclásticos que durante miles de años depositaron en la zona los volcanes de la zona andina.

El sistema sanitario de la ciudad era deplorable, porque aún existían y abundaban los pozos negros en los domicilios, e incluso había vecinos que criaban gallinas y hasta cerdos en sus patios. La población ratonil apenas podía ser neutralizada por la gatuna, la que a su vez, como hoy, vivía en constante zozobra por la presión perruna. Talvez estos últimos animales “domésticos” no eran tan abundantes como hoy, porque perro que cruzaba la calle era atropellado sin piedad por los conductores de vehículos, y ahí quedaba botado aullando de dolor hasta que se moría: “morir como un perro”, había un dicho; o envenenado hasta con vidrio molido perecía el “mejor amigo del hombre”. Y por eso no había conflicto ni legal ni moral, y también por eso la gente que poseía mascotas las cuidaba más, haciéndose cargo de su manutención, no importando que no tuvieran “pedigree”, manteniéndolas trabajosamente encerradas.

El postnatal que era de facto y por tradición, no duraba seis o siete meses; las mamás no solamente criaban sino que también educaban a sus hijos durante toda la vida, aunque sin sueldo, porque ellas aún no habían salido a trabajar afuera. Era el padre el que se ausentaba diariamente de la casa, temprano hasta el anochecer,  para ganarse los porotos y no importando la calidad de la relación, ambos, padre y madre, permanecían juntos de por vida, siguiendo el mandamiento de la “libreta de matrimonio”, velando por su prole, que, en algunos casos llegaba a la cantidad sideral para hoy día, de siete, ocho, y hasta 18 hijos. Por cierto, había matrimonios en que ambos trabajaban afuera y tenían un mejor ingreso pero pagaban el costo en tener menor descendencia, lo que a la larga resultaba en familias más pequeñas; pero eran los menos.

Y la crianza y educación familiar de los hijos era severa a veces. Un coscorrón por la cabeza, un tirón de orejas y hasta unos “chicotazos” por las piernas eran los medios por los cuales el niño era endilgado nuevamente en las normas que solían venir de la tradición. Por ejemplo: obedecer las órdenes de los mayores, comer toda la comida que se les daba a las horas establecidas, cualquiera fuera el menú; no contestar a los padres, no tutearlos, respetarlos y quererlos mucho, tal como había sido la vida de ellos con sus propios padres, los abuelos de los abuelos de hoy.

En gran parte de los hogares los niños de los años 60 también tenían que colaborar con ciertas tareas domésticas del hogar, no tanto para alivianarle la carga a la mamá, sino para aprender cosas que en el futuro les servirían, como lavar la loza, barrer la casa o el patio, hacer la cama de su dormitorio, y algunos hasta cocinar a veces. Al menos, aprender a freírse un huevo…

Además había que cumplir con las obligaciones de la escuela, donde el profesor también estaba autorizado para castigar si la situación lo ameritaba… y a veces ni tanto. No se aceptaban notas “en rojo”, ni malas notas en “conducta”, que por entonces se evaluaba; menos suspensiones de clases, ni que decir tiene, expulsiones del colegio. La “trilla”, la “triana”,  o la “calda”, eran inevitables en esos casos, siendo el “valor agregado”, menor horario para jugar… que dejaban pocas ganas de volver al menos con la misma diablura que había irritado a los mayores. Generalmente estos castigos eran aplicados a vista y paciencia de los hermanos, por lo que servían “colateralmente” de advertencia para los demás.

Respecto de la escuela, cabe señalar que se ingresaba al sistema a los 6 años de edad, a primero preparatoria, fase que se extendía hasta el sexto. Ahí el niño y la niña aprendían a leer y a escribir, a tener buena letra “caligráfica”, a sumar y restar, a multiplicar y dividir, y a conocer la historia de los llamados “padres de la Patria” y de las grandes batallas que habían protagonizado. También aprendían que había un ser “todopoderoso, infinitamente perfecto, creador de la vida y la muerte” al cual no solamente había que temer, sino que  “adorar por sobre todas las cosas”. Si la familia tenía los recursos y si el sujeto tenía “buena memoria” –como se le llamaba a la inteligencia, a la capacidad- podía seguir a las Humanidades, de primero a sexto. Y si el destino así lo permitía –más bien dicho, si Dios lo quería- se podía seguir incluso a la universidad, o a la Escuela Normal, bachillerato mediante, para ser profesor, médico, e incluso abogado. Era el sueño del pibe si el sujeto no era bueno para la pelota, como para irse al Colo Colo o a la U de Chile, u  otro club santiaguino.

Talvez fue una vida demasiado rígida y dura para un niño, si lo vemos con los ojos de hoy. Pero no se sabe que un abuelo de este tiempo guarde rencor a sus viejos, o que los haya olvidado aunque estén muertos. No hay gente hoy, de los que aún viven, que reniegue de sus tiempos. Al contrario, el amor hacia “nuestros mayores” sigue siendo inmenso, infinito, así como el orgullo de haberlos tenido como padres. De ahí la conmoción que desata aún entre los hijos hoy casi adultos mayores cuando los padres de aquella época que aún viven se enferman, e incluso cuando se van. El dolor será irreparable y de por vida para sus descendientes. O si no, que lo digan quienes ya ha sufrido esa gran pérdida establecida inexorablemente por “don tiempo”.

NO HABÍA TELE NI NADA QUE LE PARECIERA…

Otro elemento de juicio, no menos relevante: En esos tiempos, no había televisión, ni menos Internet, ni celulares; e incluso, teléfono fijo tenían contadas familias, lo que les daba status social.

Había cine, sí. Estaban el Teatro Osorno, el Teatro Principal, el Cine Lido e incluso el Teatro Rahue. Los niños cuyos padres podían darse ese “lujo” de proporcionarles a sus hijos plata para pagar la entrada, aunque fuera a “galiche”, iban a la matinée del domingo para ver películas en blanco y negro, de “espada” o de “cowboy”, que seguían el esquema de la escala de valores imperante en la época, donde el “bien” estaba representado por “el jovencito” y “la niña”, normalmente devotos católicos, y el “mal” por “el pillo”, al cual todos deseaban ver derrotado al final, pero más celebrado era cuando terminaba muerto y los buenos –el joven y la niña- se daba una especie de “piquito” antes de que cubriera el telón el clásico FIN. Los que tenían la suerte de ir a la matinée tenían también toda la semana siguiente para vanagloriarse ante los demás niños del barrio relatando la película, al punto que de ser tan socializado el film era como estarlo viendo… en vivo y en directo.

A LA CALLE…

Pero los niños son juguetones por naturaleza, y lo han sido en todos los tiempos, como lo son las crías de todos los animales que han poblado y pueblan aún el planeta.

El juego no solamente es entretenimiento, sino que es una suerte de preparación, de entrenamiento para enfrentar  los desafíos del futuro en que se requerirá la máxima potencia de la capacidad sicomotora del sujeto. El juego también contribuye a ubicarse dentro del esquema del grupo en que uno se desenvuelve, porque es una falacia de que todos somos iguales. De esa matriz social irán derivando los individuos hacia los lugares que ocuparán  cuando crezcan y tomen en sus manos sus respectivas responsabilidades en la sociedad en que tuvieron en suerte vivir, para bien o para mal. Si serán líderes, si serán “mandados”, o seguidores de…, en fin; si irán por el buen o mal camino; o como se impone hoy, si serán “exitosos”, o unos “perdedores”.

Y en este ámbito sí que a juicio de los abuelos de hoy la infancia de los años 60 fue insuperable.

Como las familias eran enormes y las casas eran más bien estrechas, los chicos estaban “obligados” por el sistema a saltar a la calle. Claro que después de cumplidos todos los deberes y si “se portaban bien”. Eran sus buenas horas de reláx que se disfrutaban a concho. Era la libertad del tutearse con los iguales, de desplegar aptitudes y habilidades que a veces hasta los padres desconocían de sus hijos, absorbidos por sus propias y duras obligaciones de llevar el hogar.

Claro que en la calle también, y rápidamente, se establecían las jerarquías –porque, insistimos, no todos eran iguales- y así los más habilidosos para los juegos eran los que “la llevaban” y normalmente decidían el juego que se jugaría, los tiempos y las condiciones. Pero ese era un estatus que había que ganarse casi diariamente hasta que quedaba bien, pero bien claro, con una “mocha” a combo limpio, hasta hacerle sangrar “el hocico” al competidor. Después de eso ya todos sabían que lugar ocupaba en el lugar y la vida continuaba dentro de márgenes de respeto. De hecho, en aquellos tiempos surgieron grandes amistades que ni el tiempo ni los avatares posteriores variaron. Y hoy los protagonistas de la época aún evocan con nostalgia y con gran cariño, sin rencores, tal como terminaban esas riñas infantiles, hasta pasándose la mano. Hoy ningún “cabro” de 57 o 58 años osaría cobrarse venganza en un viejo de 65 o 70 años sólo porque cuando eran niños este le mostró su superioridad.

Juegos rudos para los hombrecitos, en una época dominada además por el machismo; la pichanga, que se jugaba entre dos verdaderas montoneras, a pie pelado y con pelota de trapo, con arcos improvisados en algún costado de la calle o en un sitio eriazo cercano, no se jugaban tiempos, sino a los goles, venciendo el que lograba cumplir primero la cuota establecida al comienzo. Por cierto no había empates. Tampoco los había en el trompo, en el emboque, en las bochas, en el juego de los “pillos”, etc. Menos en el zuncho que era un juego netamente individual.

Por otro lado, los juegos más suaves eran para las niñas: como el luche, las muñecas, el lazo, las naciones, la matanza –que sí que era rudo- las visitas, en fin, todo en la perspectiva de preparar a las niñas para que en el futuro fueran “buenas dueñas de casa”.

EL TIEMPO PASA, NOS VAMOS PONIENDO VIEJOS

En poco menos de medio siglo la cosa cambió bruscamente. Los niños se hicieron jóvenes y entraron a pololear, se fueron de la casa paterna en busca de sus propios destinos, armaron sus propias familias, tuvieron hijos y hoy ya son abuelos e incluso algunos que sin cumplir aún los 60 años de edad ya hasta podrían convertirse en bisabuelos.

Más encima el país en todas estas décadas vivió hechos trágicos y dramáticos, que cambiaron los paradigmas. Irrumpió la tecnología, la informática que no sólo se impuso en las empresas, sino que se introdujo en los hogares.

Hoy los niños –los nietos de esa generación- viven en una sociedad donde los bienes materiales son distintos, algunos de ellos facilitan la existencia y otros la complejizan más y generan nuevas brechas. Los derechos humanos constituyen una institución que permite –o debiera permitir- una mejor convivencia al interior del cuerpo social y de la cual también se han beneficiado los niños de hoy. Ya no quedan padres ni profesores que osen castigar físicamente a los menores, porque incluso la ley los protege y ellos lo saben muy bien.

Pese al aparente desarrollo de los medios de vida no todo parece andar sobre rieles; o si no que lo digan los estudiantes que se han rebelado contra el sistema educacional imperante.

Un punto de la modernidad que a los abuelos de hoy les parece cuestionable tiene que ver con las costumbres que están surgiendo asociadas precisamente a la tecnología y en particular del Internet y de los juegos electrónicos. Se ha dejado de lado el desarrollo de las habilidades sico motoras del sujeto a cambio de privilegiar una mejor preparación mental para desenvolverse en el mundo de hoy, pero ello está dando paso al sedentarismo e incluso a la obesidad, por cuanto los niños “arranados” frente a un computador pueden pasar horas entreteniéndose en el mundo virtual mientras la mamá los va abasteciendo de papas fritas u otras “golosinas” del tipo chatarra. Los efectos nocivos de largo alcance que estas nuevas costumbres tendrán en las personas, en las nuevas generaciones, están por verse, aunque los especialistas dicen que ya es posible visualizarlas dramáticamente en la realidad actual.

AL RESCATE

No para eliminar el nuevo mundo que viven los niños de hoy, sino para compatibilizar las nuevas y viejas costumbres, es que se propone rescatar algunos juegos callejeros y ponerlos a disposición de nuestros niños, mediante persuasión y no obligación, para que los conozcan y puedan incluso practicarlos. Serían un buen aporte para su crecimiento físico y social sano, sin renunciar al mundo que les tocó vivir, ahora que somos 7 mil millones de personas en el planeta.

Nuestro periódico electrónico SURLINK se encuentra trabajando en esa idea matriz con el apoyo del Fondo de Medios de Comunicación Social 2011, de la Región de Los Lagos, y está buscando cultores de juegos como el trompo, el emboque, las bochas, el zuncho, la pichanga; y el luche y las naciones para las damas. Todos, por cierto, que hayan tenido su infancia en lo posible en la década del 60 en Osorno.

El plan es generar una revista virtual que en alguna medida deje reglamentos escritos de cada uno de estos juegos –no los tenían, ni los tienen- complementado con videos demostrativos de los “viejos” cultores, incluyendo relatos de sus experiencias infantiles. Es cierto que a estas alturas ya muchos perdieron sus habilidades de entonces, mal que mal han pasado 50 años por partida baja, pero la memoria se refresca automáticamente con tener en las manos un trompo, o un emboque, por ejemplo. Y así ya lo hemos estado confirmando.

Figura también en el plan de SURLINK anidar esta revista virtual en un CD para distribuirlo en escuelas, bibliotecas y centros de encuentro de los niños de hoy. También les será entregado gratis  a todos los medios de comunicación para que los incorporen a sus respectivas web -si lo tienen a bien-, y así, entre todos, contribuir a rescatar y poner en valor un patrimonio cultural que se está extinguiendo. De hecho, muchos de los talentosos de esos años ya han dejado de existir y se llevaron sus habilidades para siempre.

El propósito final de este proyecto es generar en Osorno el interés por crear un club de juegos callejeros con la posibilidad de realizar campeonatos. Y tal vez, también para ayudar al turismo, convertir a Osorno en la “capital del juego callejero”, creando en los veranos, o inviernos campeonatos que pudieran atraer a cultores de otras partes del país.

La idea está lanzada y con el respaldo del Fondo de Medios 2011 se está viendo que al menos entre los abuelos está prendiendo. Pero lo que importa también es que los niños y las niñas osorninas también se interesen, porque daño no les van a provocar, sino mucha alegría, sana competencia y amistades.

DE IZQUIERDA A DERECHA: Cristian Vargas, representante legal de SURLINK, seremi de Gobierno Jaime Brahm y el gobernador de Osorno Rodrigo Kauak, el día en que se oficializó la entrega de los recursos del Fondo de Medios de Comunicación para que nuestro periódico electrónico emprendiera la tarea de rescatar los viejos pero aún vigentes juegos callejeros de Osorno.

 

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