LOS JUEGOS CALLEJEROS DE AYER SON MÁS QUE UN RECUERDO

La alegría desatada y compartida, la necesidad de mantener un buen estado físico y mental, la posibilidad de generar amistades de toda la vida, fueron parte de los aportes que recibieron los niños de los años 60 practicando juegos, hoy viejos, como el trompo, el emboque, etc.

 

Si algo caracterizó a los juegos infantiles de los años 60 fue el fuerte componente de alegría a raudales que desataban entre los niños y niñas al momento de compartirlos. Por eso, cuando son evocados y recreados hoy por personas que durante esa década desarrollaron su infancia, y que ahora ya son abuelos y abuelas, lo primero que les nace -desde lo más profundo del alma- es reírse sin límites, como cuando se era niño o niña.

Porque, esencialmente, eran juegos alegres que, junto a sus formalidades no escritas y heredadas oralmente de generaciones anteriores, estaban salpicados de chanzas y anécdotas que los hacían más entretenidos aún. Un abuelo o una abuela de hoy no puede disimular su sonrisa y hasta su risa a carcajadas al "transportarse" hasta aquellos tiempos, al punto que los malos momentos que, por cierto también los acompañaron, han sido definitivamente purgados del recuerdo.

Otros rasgos comunes eran, la permanente exigencia de mantener un estado físico adecuado para correr durante horas, para allá y para acá, y también para hacer sus cosas de la escuela o en la casa. Así como para estar atentos (as) permanentemente, con todos los sentidos, no solamente para hacer respetar las escasas y flexibles normas que les rodeaban, sino también para proteger la integridad y coherencia del grupo en que se tenía en suerte participar.

Porque, y este es otro rasgo esencial, “los callejeros” eran juegos colectivos que, independientemente de las habilidades individuales que muchos lograron potenciar, no tenían sentido fuera del grupo de amigos o de vecinos. Es decir, eran juegos que carecían de “brillo” practicarlos en soledad dentro de los límites estrechos de la casa o del patio hogareño.

Era mal visto un niño que jugara solo, encerrado en su casa o en su patio. El costo que tenía esa conducta era que, en la práctica, no podía tener amigos, en una época en que la amistad era muy apreciada individual y socialmente.

Si bien es cierto que la mayoría de los juegos tenían carácter competitivo, se trataba de una competencia sana y hasta inocente que no implicaba castigos físicos a la persona que perdía, ni menoscabo de cualquier tipo, ni utilización de dinero.

Sin embargo -"cosas del sistema"-, con el tiempo los niños llegaron a crear una especie de “dinero” que era utilizado para “pagar” al concluir ciertos juegos como el trompo o las bochas. Ese dinero era confeccionado con las cajetillas vacías de cigarrillos que solían botar los adultos en la calle, las cuales eran dobladas y se dejaban como un billete; las cajetillas de los cigarrillos más caros que eran más escasas tenían “valores” mayores y se homologaban al valor del dinero formal: de luka, de gamba y de sota (mil, cien y diez pesos, respectivamente).

Pero la conquista de este espacio del juego callejero no fue tan simple para un niño. No fue el resultado de un berrinche o de una “patería” frente a sus padres. Era el resultado de una conducta en que jugar resultaba siendo un premio para él o para ella. Si cumplía con sus obligaciones de niño –porque las había y muchas- él o ella tenían permiso para salir a la calle a entretenerse, contando incluso con el respaldo de sus mayores, que se esmeraban para proporcionarle los sencillos medios materiales que se requerían pero que también tenían su costo. Hablamos en gran medida de familias emergentes socialmente, cuyos hijos serían los primeros de su estirpe en ir algún día a la universidad y hacerse profesionales, o alcanzar por otras vías empleos y estatus de vida mejores que los de sus progenitores. Es decir, había un impulso básico por superar las limitaciones de la necesidad y de la mediocridad.

No todos lo lograron, como en todas las grandes empresas que suele asumir una sociedad o un sector importante de ella. Muchos, incluso, se fueron de esta vida siendo aún jóvenes producto de malos caminos adquiridos por el vicio del alcohol fundamentalmente. Y en ese destino no deseado hubo también talentosos cultores de estos juegos, que pese a los años transcurridos los seguimos recordando como los ídolos admirados que fueron en su época. Entre ellos los viejos amigos de nuestra infancia en Rahue, que ya no están, como "El Cacho", "El Chucho", "El Mosquita", "El Arauco", entre tantos, que, sea en el lugar que estén hoy, saben a quiénes nos referimos...

Pero sí hubo un importante contingente que avanzó y logró incluso desempeñar roles claves en la comunidad en los años y etapas venideras de nuestro país y de nuestra ciudad.

Grandes diferencias separan aquellas formas de “pasarlo bien” desde la perspectiva de un niño con las actuales, en que lo normal es jugar encerrado en casa sentado frente a un computador, o viendo televisión durante horas tendido en la cama o en un sofá. Sin ejercicio físico, sin aire puro, y en algunos casos atacándose con comida chatarra que, muchas veces, conduce a un niño a la obesidad y a los consiguientes problemas de salud que devienen del sedentarismo en una fase de la vida en que precisamente no se debe ser sedentario. Por cierto, la alegría que esos juegos generaban no devenía de la violencia de los “héroes” ni de las truculencias de hoy…

Es cierto también que el contexto social y cultural de hoy con el de ayer es distinto. Durante los años 60 la ciudad de Osorno y sus barrios, como en todo el país, vivían en un retraso material que para hoy sería intolerable, tanto desde el punto de vista urbanístico, como en lo referido al conocimiento, a la participación y, especialmente en lo tecnológico. Y donde también predominaban fuertemente criterios machistas que fijaban la separación de los juegos entre aquellos que estaban destinados exclusivamente para los hombres y otros para las mujeres. Aunque al final del ciclo ya se podía apreciar que los géneros incursionaban cada vez más, sin complejos, en campos que les estaban “vedados”. Hoy, algunos abuelos reconocen que jugaron juegos de niñas, y abuelas que lo hicieron con los de niños, en más de alguna oportunidad… y no tienen conflictos por eso. En todo caso esas discriminaciones, como las de hoy, no existieron ni existen por culpa de los niños.

Algo de todo esto muestra este trabajo, en que presentamos algunos de los juegos callejeros más importantes de la época, descritos por nosotros y recreados por personas de esa generación.

Se trata de un proyecto financiado por el Fondo de Medios de Comunicación Social 2011 en la Región de Los Lagos, gracias al cual hemos podido descubrir con satisfacción que estos juegos aún viven en la memoria colectiva de la generación de los 60 y que en gran medida se prolongaron hasta las décadas de los 70 y los 80 del siglo pasado. Incluso, se sabe que por ahí sobreviven algunos cultores y que están naciendo otros, particularmente en ciertas escuelas, cuyos profesores promueven el rescate del patrimonio cultural de la comunidad como parte inseparable de la formación del futuro ciudadano. En algunos puestos artesanales de la ciudad, como si fuera poco, aún se puede hallar trompos y emboques...

Sin embargo, nuestro proyecto va acompañado también de una propuesta para el presente y el futuro: recuperarlos y adaptarlos a los nuevos tiempos -por ejemplo en las cuestiones de género, donde ya no debería haber cortapisas-. Que nuestros nietos y los nietos de nuestros hijos que vendrán más temprano que tarde los conozcan y aprendan a jugarlos, para aprovechar sus componentes positivos para el desarrollo físico, mental y emocional de las personas.

En esa perspectiva, nosotros estamos proponiendo para Osorno la posibilidad de crear un Club de Juegos Callejeros, para que organice y lleve a cabo campeonatos con viejos y nuevos cultores, "olimpíadas" les podríamos llamar de repente; que se realicen en una temporada específica del año para llegar a convertir a Osorno, por ejemplo, en la “capital de los juegos callejeros”, lo que podrían aportar al turismo por la vía de invitar a gente de otras ciudades; hasta podría revivir la artesanía aquella que se dedicaba a “fabricar” los implementos.

Es nuestro sueño y el de muchos que con gran alegría han logrado “volver” momentáneamente a su infancia apenas les propusimos participar de la construcción de esta iniciativa.

Sabemos por la experiencia de la vida, que fueron muchos los juegos que se practicaron en la calle durante los años 60, y que cada uno tenía sus propias reglas en cada ciudad y en cada barrio. Pero nunca hubo reglamento escrito alguno como en el fútbol, el básquetbol u otros deportes formales de antes y de hoy. En el marco de este proyecto hemos intentado esbozar esas normas, apoyados más que nada en la memoria y estamos conscientes que han quedado muchos vacíos. Pero esa será una de las grandes tareas del Club, si se logra materializar, de pasar de lo oral a lo escrito e incluso a lo audiovisual, para que estos juegos queden como parte de la herencia cultural que dejaremos a las generaciones que están emergiendo y las que vendrán.

Por eso también es que hemos elegido un “paquete” de juegos que nos pareció que podría servir de puntapié inicial para una larga y fecunda tarea: el emboque, las bochas, el trompo, el zuncho, la pichanga, el luche y las naciones.

Que quede “gusto a más” es el elemento provocador que queremos utilizar para que otras personas de nuestra época se involucren y especialmente los niños y jóvenes de hoy.

Vaya nuestro especial agradecimiento a quienes nos cooperaron en este trabajo con sus recuerdos y con su esfuerzo por recrear los juegos, aunque naturalmente con las habilidades ya casi perdidas tras décadas sin practicarlos.

Y por cierto, nuestro agradecimiento al Fondo de Medios de Comunicación Social 2011, cuyo Honorable Jurado comprendió la necesidad de respaldar iniciativas como estas, inéditas al menos en el mundo del periodismo regional, que intenta contribuir a la recuperación de lo que fuimos y porque desde ahí se construye lo que seremos.

Con todo, lo importante es que en el desarrollo de este trabajo que no ha sido fácil, es que nos hemos reído bastante y la hemos pasado muy bien recordando nuestra propia infancia. Nosotros y quienes nos colaboraron.

Ojalá otros lo hagan a partir de hoy… les hará bien.


MILTON VARGAS
Director y Editor
SURLINK

 

NUESTROS AGRADECIMIENTOS ESPECIALES A:

Pedro Muñoz (Trompo)

Jorge Fuentes (Bochas)

Luis Mayorga (Emboque)

Ernesto Vargas (Zuncho)

Olinka y Valezka Diaz y Margoth Barría (Luche)

Víctor Rodríguez y Jaime Alvarez (Pichanga)

Sonia Vargas, Ximena Stuardo, María Eugenia Mansilla, Jacqueline Vargas y Marcela Villarroel (Las Naciones)

 

Editorial
 
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