La "Pichanga" era simplemente un partido de fútbol pero sin los reglamentos, ni las formalidades que ha alcanzado este deporte actualmente, convertido en poderoso negocio mundial, altamente competitivo y reservado solamente para atletas talentosos.
Se jugaba “a pata pelá” en la calle, o en algún sitio eriazo, de esos que solían abundar en nuestra ciudad en aquellos tiempos. Incluso en potreros que existían en la periferia de los barrios, hoy transformados en poblaciones o establecimientos comerciales.
La superficie de la cancha se establecía in situ, más grande o más chica según el día y la cantidad de jugadores, o la disponibilidad de espacio, porque a veces el área era escenario de varias pichangas simultáneas.
La pelota ni siquiera era el tradicional balón de cascos, sino un calcetín, una media o una calceta rellena de papeles y trapos viejos, a la cual se le daba la forma esférica lo más perfecta posible, con el peso y tamaño adecuados para niños.
Los arcos se hacían para el momento y se medían en pasos, no muy anchos, con champas de pasto, ropa e incluso piedras que permitieran visualizarlo.
Con dos jugadores por lado ya se podía armar una pichanga y los equipos podrían seguir engrosándose en la medida que fueran llegando más jugadores.
No se jugaba tiempo de reloj sino a una cantidad predeterminada de goles, 5, 6, hasta 12 o 20, lo que daba lugar a largas jornadas que terminaban con los jugadores extenuados. Cumplida la mitad de la cuota de goles se cambiaba de lado, y sin descanso. Ganaba el equipo que cumplía primero con la cantidad de goles establecida. Por cierto, no estaba permitido cambiarse de equipo en el juego.
La pichanga, sobre todo en nuestra sureña ciudad, no requería buen tiempo, y se jugaba aún cuando estuviese lloviendo.
ASÍ SE JUGABA
Este juego habitualmente se gestaba en el pasaje o en la calle del barrio al caer la tarde, después de “once”, y los niños convocados por sus líderes llegaban hasta un punto en que era costumbre jugar. Siempre se intentaba escoger un lugar que no estuviera cercano a las casas, para no romper ventanas hasta las cuales pudiese llegar un involuntario remate o "chute".
Una vez ahí, los líderes del barrio, generalmente los más fuertes y "buenos pa´ la pelota", escogían sus propios jugadores: alguien del "montón" ocultaba una pequeña piedra en una de sus manos y ambos debían adivinar en qué mano estaba. El que acertaba tenía la posibilidad de elegir a su primer jugador, generalmente el más bueno, después de los líderes; y así iba decreciendo la calidad hasta que al final quedaban los menos dotados.
También había otra fórmula para ganarse el derecho a pedir: se fijaba una raya en el suelo y desde una distancia análoga los líderes iban avanzando, frente a frente hacia ella, con los pies pegados uno tras otro hasta que el ganador tocaba o pasaba la raya primero.
Después vino la moneda al aire, pero eso ya fue al final de la época cuando los niños portaban monedas en sus bolsillos proporcionadas por sus padres para comprar golosinas.
Pero no se dejaba a nadie afuera, todos los que habían llegado jugaban, no importando si los equipos pudieran tener 5, 10, 15 o 20 jugadores. Incluso si más tarde llegaban dos más se repartían y entraban al juego. Los que se cansaban o tenían que volverse a casa se retiraban y se iban. Un requisito básico era que los jugadores fuesen ojalá de la misma edad y no se permitía ni “cabros chicos”, ni “viejos” que podrían tener ventajas físicas.
Después se fijaba la cuota de goles. ¿Quién llevaba la cuenta?, pues todos y nunca hubo lugar para equívocos o para trampas. Sencillamente, el colectivo sabía que la cuenta de goles iba de tanto a tanto, y no había conflictos por ello. Por lo general este juego solía terminar de noche, quedando al final sólo los que no tenían cortapisas de horario por parte de sus padres… concluyendo con los jugadores francamente extenuados.
En la pichanga por lo general había tres puestos: el arquero que era fijo, generalmente el jugador más malo para la pelota; y el resto eran todos delanteros, o todos eran defensas, según la evolución del partido. Todos atacaban, o todos defendían, como en una verdadera y entusiasta montonera. Por cierto, como no había reglamento, ciertos jugadores podían pasarse la mayor parte al lado del arquero adversario, los llamados "laucheros", quienes en la primera de cambio solían meter los goles en franca situación de off side que no era penada. Sin embargo, hay que decir que este tipo de jugador no gozaba de mucho prestigio y más era valorado el que sudaba en el campo de juego cada minuto de la brega.
La cancha por lo general no tenía más límites en cuanto a largo que los que fijaban los rústicos arcos. Pero a lo ancho el límite solía ser la calle, aunque algunas pichangas se extendían hasta la calzada. Cuando la pichanga se jugaba en un potrero el ancho solía ser superior al largo y no había conflicto. Es decir, era la informalidad llevada al límite a ojos de la FIFA.
Los goles debían ser logrados con el pie, la cabeza, la rodilla, o cualquier parte del cuerpo que no fuera la mano. Cuando alguien tocaba el balón con la mano se decía: “alcito”, y se cobraba con un tiro libre, una de las pocas faltas penalizadas, al igual que si alguien derribaba con violencia a algún rival que estaba pronto a conquistar un gol; entonces había lanzamiento penal, que generalmente nadie lograba concretar, así que no valía mucho la pena.
Hubo una época en que las pichangas se trasladaron al interior de las escuelas y donde los rivales se establecían a partir de qué club del fútbol profesional chileno eran hinchas: los más populares eran el Colo Colo y la Universidad de Chile. Se “pichangueaba” en los recreos” y a veces los partidos duraban toda la semana –con “intervalos” fijados por las clases en sala- hasta que se completaba la cuota de goles acordada.
COMENTARIO
Pese al aparente caos que le envolvía, la pichanga tenía como requisito básico -para quienes la jugaban- el respeto sagrado por la integridad física del rival, aunque claramente el propósito fundamental de cada equipo era ganar.
Y pese a que no había árbitro, ni guardalíneas, ni menos policías que supervisaran el orden, no estaban permitidos los foul tan característicos y descalificadores del llamado fútbol profesional de hoy, y no por miedo a castigos, sino como resultado de un verdadero código de honor no escrito que todos sus actores respetaban. Quien transgredía esta norma podía ser impedido para siempre de jugar en ese grupo –por “cochino” o “leñero”- como una forma de condena social, salvo que hubiese dado disculpas y prometiera no volver a hacerlo. A veces incluso un incidente de este tipo era zanjado con una pelea “a combo limpio”, en un alto al partido o al término, combate al que el propio grupo ponía término una vez que era evidente que había un vencedor.
Todo se afrontaba y se resolvía al interior del grupo, porque roces había siempre dada la reciedumbre que imponía el juego si es que se quería ganar, que era el único gran móvil ya que la otra posibilidad era perder, porque el empate no existía.
Con todo, la solución a los conflictos era grupal porque lo más importante estribaba en que todos eran amigos, o a lo sumo vecinos, que se conocían entre sí, al igual que sus mayores.
Tampoco se usaban uniformes para distinguir los equipos rivales que se medían, porque todos los protagonistas sabían para qué equipo jugaban y quienes eran los rivales. Incluso el público que eventualmente se congregaba para observar sabía quién era quien. Tampoco había entrenadores ni cuerpo técnico, ni se jugaban campeonatos. Una pichanga nacía y moría durante la jornada, hasta la siguiente en que la composición de los equipos rivales podía fácilmente cambiar.
La pichanga debe haber sido la fórmula de disputa social más adecuada ya que resolvía las tensiones de los niños a través del juego y sus resultados eran sagradamente aceptados y respetados por todos, así como sus figuras.
Muchos jugadores de pichanga solían ser llamados a participar en clubes formales y amateur del barrio que competían en ligas formales incluso a nivel de ciudad o de región. Incluso algunos, por su talento, accedieron al fútbol profesional del país. Los niños sabían eso y los que tenían las condiciones se esforzaban por mostrarse ante los adultos y dirigentes deportivos que solían merodear por estos espacios. Incluso era conocida la historia de Pelé, el gran jugador de fútbol del Brasil, que nació justamente “pichangueando” con pelotas de trapo.
Ese podía ser el estímulo soñado para muchos –el sueño del pibe-, pero para otros era simplemente el sabor de derrochar energía, de jugar de igual a igual sin límites y de festejar el triunfo si es que lo alcanzaba su equipo.
EN LA CALLE O EN UNA PAMPA se jugaba a todo vapor...