El LUCHE fue el juego emblemático de las niñas, aunque hubo varones que también lo practicaron, pese a que ello era resistido social y culturalmente por el género “fuerte” que lo consideraba un juego "de mujeres".
Era fundamental que para el luche hubiese dos niñas como mínimo para jugar, aunque también podían participar más y tenía carácter competitivo, sin estímulo material.
Cada jugadora debía disponer de su propia caja vacía -de betún de zapatos, o de otro producto- la que se rellenaba de una mezcla de barro, con arena, ceniza, de modo que adquiriera la consistencia de una pasta semisólida que le daba peso a la caja.
Sobre una superficie lo más plana posible se dibujaba en el suelo de cemento o preferentemente de maicillo de la calle un rectángulo de al menos 3 por 4 metros, al centro del cual había uno más pequeño de 20 o 30 centímetros –suficiente para girar sobre si misma-, el cual estaba unido a otros espacios dentro del gran rectángulo y que, en conjunto, sumaban los 7 días de la semana: lunes, martes, miércoles, jueves, viernes, sábado y domingo.
El espacio situado en la base era grande, del ancho del rectángulo, era el LUNES, y por ahí partía y concluía el juego; le seguían otros más pequeños: MARTES y MIÉRCOLES por el lado izquierdo; el siguiente, en la parte superior del rectángulo era tan amplio como el lunes y era el JUEVES, seguido por el costado derecho por el VIERNES y el SÁBADO. El cuadro pequeño era el DOMINGO y era la meta que había que alcanzar.
Las niñas fijaban el orden en que jugarían antes de iniciar la competencia y cuando ya alguna había dibujado el luche sobre el suelo, con tiza, carbón, e incluso con restos secos de excremento de perro al cual no se le tenía el asco de hoy.
ASÍ SE JUGABA
Las niñas jugaban al luche con su vestimenta diaria habitual, es decir con vestido o pollera, enagua o refajo y calzones de lana, para contrarrestar el frío del otoño o del invierno. Era imprescindible que se jugara sin lluvia y sin barro porque las niñitas –de acuerdo con la costumbre de la época- no debían ensuciarse como los hombres.
La caja era lanzada por la jugadora al primer cuadro, (lunes), y saltando en un pie debía retirarla fuera del gran rectángulo con un rechazo arrastrando el mismo pie, tocándola con el borde izquierdo o derecho del mismo, y sin apoyarse en el otro.
Luego realizaba la misma operación cuadro por cuadro, en martes y miércoles, devolviéndose de la misma manera y con habilidad hasta lunes hasta sacar su caja del rectángulo. A continuación lanzaba sobre jueves, que era un cuadro tan grande como lunes y saltando en un pie podía detenerse ahí y descansar. A ese cuadro también se le llamaba "descanso".
Y volvía bajo el mismo sistema hasta retirar su caja del rectángulo. Más adelante proseguía la operación con viernes y sábado -pudiendo descansar en jueves de ida y de vuelta- hasta que llegaba el momento de atacar domingo, el cuadro más chico del centro. Llegar saltando a ese espacio solía ser relativamente fácil, pero no estaba permitido descansar en jueves pero sí en domingo. El volver a lunes con la caja era lo más complejo.
Las niñas más hábiles solían jugar sin apoyar el otro pie en el suelo más que en los descansos y dando un solo y magistral rechazo a la caja estuviera donde estuviera el implemento, a veces situado cerca de alguna línea del rectángulo. Pero las principiantes podían convenir, por ejemplo, en apoyar una vez el otro pie para no perder el equilibrio e incluso el poner la caja en un punto de mejor acceso para propinarle el rechazo.
La tarea de la jugadora era ir y venir por los cuadros, tanto de ida como de vuelta, sin pisar ninguna raya, y tampoco que la caja quedase sobre raya. El retorno a LUNES arrastrando la caja era lo difícil, ya que se requería una buena coordinación sicomotora y equilibrio, no solamente para no apoyarse en el otro pie sino para impulsar su caja de un golpe y sin que esta saliera del rectángulo, ni menos que quedase sobre una raya. Si cometía esas faltas perdía su oportunidad y continuaba la siguiente jugadora.
Con todo, cuando volvía su turno, la jugadora debía retomar el cuadro en que había quedado con anterioridad para intentarlo de nuevo.
La jugadora que ganaba era la que finalmente era capaz de hacer primero que las demás el trayecto completo hasta DOMINGO y volver. Generalmente se realizaban varios intentos para cumplir el desafío, aunque hubo algunas que lo hacían desde el comienzo; esas eran las menos y las mejores.
El juego terminaba ahí, pero si quedaba tiempo y jugadoras se iniciaba otro de inmediato.
Más tarde surgió otro juego de luche más refinado que, siguiendo la misma lógica, se desarrollaba en las veredas de cemento, donde se dibujaba luches largos integrados por cuadros que estaban enumerados.
COMENTARIO
Aunque el luche también podía jugarse sola, las niñas preferían también competir con sus pares, porque el juego también contribuía a establecer los liderazgos en ámbitos que, por entonces, se definían como pertenecientes al "sexo débil".
Esas líderes –o liderezas, como se les llama en estos días de liberación femenina- eran las mejores jugadoras de luche y a veces solían ser 2, 3 y hasta 4 en un sector vecinal. En torno de cada una de ellas se agrupaban vecinas y amigas con mayor afinidad generando una suerte de “pandillas” femeninas a la manera de los varones. Esos grupos les permitían compartir juegos más íntimos como “las muñecas”, “las visitas”, o para ir y venir juntas a la escuela, al cine, etc.
Las jugadoras se esforzaban por poner en acción toda su capacidad física y mental -el juego así lo exigía- para ganar, porque las mujeres compartían tempranamente la vocación por la victoria con sus pares varones. Una mujer vencedora por lo general era la que lucía mejor estado físico y sentido de equilibrio, lo que a la larga le posibilitaba gozar de prestigio no solamente frente a sus amigas y vecinas, sino también frente a los varones que observaban disimuladamente el juego.
Las rivalidades que por cierto hubo, como en todos los grupos, solían resolverse mediante el expediente del juego del luche, por lo que era un entretenimiento que solía atraer la atención de los niños varones que sabía que ahí se jugaba algo importante al punto que algunos osaban jugarlo aunque más discretamente. Solía ocurrir que al no zanjarse las diferencias entre las líderes devenía una discusión que podía pasar a la violencia, pero nunca tan exacerbada como en los varones ya que consistía en unos cuantos tirones de pelo, que por entonces se usaba largo y a veces contenido en largas trenzas. Pero no pasaban más porque rápidamente se establecía quién “tenía” la razón.
El luche fue por lo general un juego de día domingo para después que las niñas terminaban de ayudar a sus madres en los quehaceres del hogar. Pero también se jugó en las escuelas, en cuyos patios los cursos o grupos tenían sus espacios "autoproclamados".
No fue casualidad que niñas con carácter más fuerte y con mejor estado físico hayan sido ganadoras del luche, lo que en etapas posteriores de su vida les ayudó a enfrentar de mejor manera los desafíos que les reservaba la vida, tanto como madres, trabajadoras o profesionales, e incluso como dirigentes sociales y políticas. No fue todo, pero fue parte del basamento sicomotor que les permitió abrirse camino en la vida con mejores posibilidades que sus pares.
BASTANTE EXIGENTE en cuanto a estado físico era el luche...