La bocha o bolita era un minúscula pelotita de greda, lisa, de color opaco, del porte de un pequeño rodamiento de vehículo. “Bocha de piedra” se le llamaba genéricamente. Un jugador debía poseer como propia una bolsa de esas bolitas, que solía confeccionarle la mamá, o en su defecto un calcetín o una media, o calceta de lana en desuso. Aunque algunos –los más desaseados- solían usar solamente sus bolsillos. Al menos entre 10 a 20 unidades ya daban el pase para jugar.
Las bochas se complementaban con los "pingos", que eran unas bolitas algo más grandes que las anteriores, pero de vidrio, de tamaños diversos y algunas con diseños multicolores bastante llamativos, o sencillamente de un solo color. Estas piezas tenían claramente mayor valor, porque tanto bochas como pingos, aparte de ser objetos de juego eran monedas de cambio al momento de jugar. Cada jugador debía tener al menos uno o dos pingos, aunque algunos "potentados" solían poseer bolsas de ellos, e incluso reservas guardadas en casa.
Algunos niños llegaron a utilizar para sus juegos hasta rodamientos de vehículos, de variados tamaños, lo cual les daba status desde el punto de vista económico, pero no en cuanto jugadores.
ASÍ SE JUGABA
El juego más popular de las bochas en los barrios osorninos fue LA TROYA, que tenía como base un triángulo dibujado en el suelo dentro del cual cada jugador -tres cuatro, cinco o seis, por lo general- ponía una o dos de sus bochas. Por lo general se prefería un suelo de maicillo no tan irregular, como lo eran las veredas de esos días.
A cierta distancia -unos cinco o seis metros- se fijaba una raya en el suelo desde donde cada jugador, con arreglo a un orden preestablecido, lanzaba su pingo hacia la Troya con el objetivo de quedar a tiro de cañón para que, en el siguiente lanzamiento, pudiera golpear y sacar bochas del triángulo, las que pasaban automáticamente a ser de su propiedad. Eran muy pocos los que desde esa raya podían sacar inmediatamente bochas de la Troya, aunque sí los hubo.
Una vez que los jugadores se encontraban desplegados en torno de la Troya, lo más cerca posible como lo buscaban todos, correspondía ir a la nueva ronda, directo al objetivo. Cuando la Troya estaba llena de bochas era relativamente fácil lanzar y sacar, aunque no faltaban quienes pasaban de largo desatando la hilaridad del resto. Sacar bochas de la Troya de la manera como estaba “reglamentado” daba derecho a seguir jugando sin parar, hasta sacar todas las bochas o perder un lanzamiento. Por lo que jugar bien, ser hábil y certero tenía su premio.
Pero atacar la Troya con el pingo no era cosa fácil y tenía su propio código. Había que catapultarlo con la coyuntura del dedo pulgar presionado por el índice, desde donde salía un tiro potente y certero. La mano era apoyada en el suelo para el lanzamiento, con el dorso hacia abajo. Esto era aprendido gracias a la práctica constante y a la observación de quienes sabían hacerlo. También se podía lanzar con la uña, pero la forma era despreciada por los más hábiles y quedaba circunscrita solamente a los “aprendices”, o a las mujeres que osaban de pronto jugar. Lanzar con la uña era “lanzar a lo mujer” se decía, con un dejo un tanto peyorativo.
Los santiaguinos que solían venir a la ciudad de paseo, o a residir al sur con sus padres, intentaron imponer su propia fórmula para lanzar el pingo: en vez de la coyuntura del dedo gordo empleaban la primera coyuntura del dedo principal apretada con el dedo pulgar, con la palma de la mano hacia arriba, que cuando soltaba el dedo principal lanzaba el minúsculo esférico a la manera de una catapulta. Sin embargo, pese a la exigencia de destreza que imponía, los osorninos continuaron jugando con su dedo gordo.
Independientemente de los estilos, los lanzamientos podían hacerse de pie o hincados, o en cuclillas.
Había que tener cuidado, sin embargo, porque si el pingo de alguien quedaba dentro de la Troya automáticamente se transformaba en presa y el siguiente, si lo sacaba, se lo quedaba para sí. Sólo se podía recuperar a cambio de entregar al capturador una cantidad determinada de bochas de piedra, lo que se consensuaba al comienzo del juego. Lo mismo ocurría con un pingo que quedaba cerca del pingo de otro jugador, aunque fuese fuera de la Troya, que podía ser atacado y si era golpeado también era pingo perdido y objeto de pago de rescate si es que el dueño deseaba recuperarlo.
Otra posibilidad que se establecía al comienzo del juego de la Troya era si este iba a ser con o sin "cachura". El concepto propio de la jerga de barrios de la época como Rahue, significaba si un jugador podría reacomodar su posición con respecto a la Troya al momento de jugar, manteniendo la misma distancia hacia ese punto, sin amenazar por cierto pingos de rivales, para tener una mejor opción de acuerdo con cálculos mentales del momento. Esta alternativa le daba mayor dinamismo y entusiasmo al juego, abriendo posibilidades al que la pedía -porque había que solicitarla al colectivo- pero también amenazándolo con riesgos de quedar mal ubicado luego de jugar. Los más hábiles y audaces, sin embargo, solían disparar desde el lugar en que quedaran.
También existía la posibilidad, previamente acordada, de utilizar dos “unidades de medida” para que el “disparador” de pingo pudiera acercarse a su objetivo o mejorar su posición: la cuarta y el jeme. La cuarta era la distancia, partiendo de la ubicación del pingo, que daba la extensión de la mano con la palma pegada al suelo entre su dedo pulgar y su dedo medio o mayor, hasta donde podía reinstalar su pingo para jugar desde ahí. El “jeme” seguía el mismo principio pero la distancia estaba marcada por la extensión de punta a punta de los dedos pulgar e índice.
El juego terminaba cuando ya no quedaban bochas en la Troya, y entonces era tiempo de comenzar otro –si aún quedaba tiempo antes de la mamá llamara desde la casa-, mientras el ganador sentía como crecía su bolsa de bochas y pingos a costa del “capital” de sus contrincantes.
También hubo otros juegos de bochas, como el HOCO. Se trataba igualmente de un juego colectivo, dos a cuatro niños, parecido a la PAYAYA. En este, distintos jugadores ponían bochas suyas en la palma de una de las manos del jugador de turno quien las lanzaba, desde una distancia preestablecida, a un hoyo pequeño abierto en el suelo -pulido casi artísticamente, llamado "hoco", siendo para él las muchas o pocas bochas que quedaban adentro. Aquí se jugaba hasta que él o los contrincantes quedaba “pato”, es decir sin bochas, mientras el ganador se llevaba una bolsa gorda para su casa.
Hubo también un juego de pingos denominado “La perseguida”, en que se intentaba tocar al pingo del contrario con el propio lanzándolo con la coyuntura, a la manera de la Troya y donde la gracia era darle al pingo del rival un golpe tan potente que le sacara pedazos, e incluso que partiera. Un pingo al cual se le lograba sacarle un trozo –“una lonja”- era señal inequívoca de lo mal que les estaba yendo en el juego al dueño. Esta perseguida, se jugaba al menos con dos jugadores y tenía un tramo por cubrir y que también podía incluir partes de relieve difícil. Cabe recordar que cada vez que un pingo era tocado por el rival su dueño debía “pagar” en bochas –cantidades acordadas al comienzo del juego- , por lo cual había que tratar de mantenerse a distancia en la medida que se avanzaba en el tramo.
COMENTARIO
A propósito de este juego callejero, desde niño se aprendía que había que esforzarse para adquirir y desarrollar habilidades para ir creciendo cualitativamente frente a un desafío. En este juego no se podía permanecer “de perdedores” toda la infancia, por el costo que significaba para ese niño tanto materialmente, como en su autoestima. Y aunque se perdiera muchas veces, con práctica y dedicación los niños podían a la larga abandonar los últimos puestos, algunos incluso llegaban a los primeros lugares, y dejaban sus precarios primeros espacios para los principiantes. Satisfacción, orgullo y confianza para seguir avanzando en la vida suelen ser estados síquicos que surgieron asociados a este entretenimiento y que moldearon el carácter de generaciones de chilenos que más tarde en su vida juvenil y adulta habrían de enfrentar durísimos desafíos.
El aporte de la madre en la confección de la bolsa para guardar las bochas y pingos, a veces una para cada cual, revela el respaldo fuerte que el niño tenía detrás que le brindaba su familia, pero en forma discreta, porque jamás se vio que los padres llegaran a los lugares de juego a supervisar en favor de sus niños las actividades. Ellos, más que nada la mamá que se quedaba en casa, monitoreaba la situación desde la distancia, posibilitando que su hijo resolviera por sí mismo los problemas frente a sus pares, dentro de cánones de no violencia, aunque era evidente que la agresividad entre los niños solía ser incontrolable.
ESTA ERA OTRA FORMA de lanzar el "pingo" contra la troya...