RONY TORRES MALDONADO, PRESIDENTE DE LA UNIÓN COMUNAL DE JUNTAS DE VECINOS “RELONCAVÍ” DE PUERTO MONTT
No culpemos a los jóvenes, culpemos a los “papitos” que no se preocupan de sus hijos.
Más allá de la tradicional entrega de regalos de fin de año, o de las peleas entre vecinos, la tarea del dirigente vecinal –en una ciudad como Puerto Montt, capital de la Región de Los Lagos- pasa hoy por involucrarse en los temas del crecimiento y del desarrollo comunal, porque a la larga las decisiones que se toman en dichos ámbitos por parte de otros actores inciden, directa o indirectamente, en la calidad de vida de los habitantes de los barrios y de los sectores, que es hacia donde apunta la gestión de este tipo de dirigente social.
A esa conclusión ha llegado RONY TORRES MALDONADO, presidente de la Unión Comunal de Juntas de Vecinos Reloncaví de Puerto Montt desde el 2004, en que partió con 45 juntas y hoy tiene 105, lo que denota un trabajo intenso y un buen equipo de dirigentes que le acompañan y, por cierto, un creciente interés por participar de la ciudadanía.
Torres es hoy una “autoridad social” en Puerto Montt, respetado por sus pares y sus vecinos, que incluso no descarta emprender en el futuro una carrera política, siempre y cuando la asamblea de la Unión se lo pida y que pueda también proyectarse como independiente, como hasta ahora, porque no está por integrarse a ningún partido, ya que se define como un hombre “transversal”.
UNA VIDA DIFÍCIL
Pero la vida no ha sido fácil para Rony desde su nacimiento en Santiago un 8 de noviembre de 1967. Tempranamente fue adoptado por una mujer “maravillosa” como la define, Lucerina Maldonado, que lo trajo a Puerto Montt siendo niñito, lo crió y lo educó. Conoció el mensaje de educadores como el fallecido Padre Benedicto Piccardo, dice, y el propio tesón de su madre construyeron en él la vocación de servicio público. Volvió Santiago tras salir de la enseñanza media a tentar fortuna, hizo algunos cursos de computación y vendió hasta caramelos en los buses. También lo intentó en Buenos Aires, pero al final su esposa, Johana Mecías lo enrumbó nuevamente hacia el sur, debido a que estos aires le iban a servir a su hija que padecía de asma y que al parecer resultó.
En Puerto Montt –adonde volvió con una mano adelante y otra atrás, como dice- se hizo comerciante independiente y se instaló en la Anahuac. El negocio prácticamente lo lleva la señora –mi gran apoyo, dice- y le da lo suficiente para llevar una vida tranquila, y especialmente para dedicarse “las 24 horas del día” a la labor de dirigente. Se llaman sus hijos, Constanza (17) y Alejandro (15).
Es en la vida de dirigente social que ha tenido amargos sinsabores. Lo más grave fue el día que casi lo matan en su negocio, unos delincuentes que intentaron acuchillarlo. Lo salvaron sus familiares en el último segundo cuando lograron meterlo a la casa, recuerda. En realidad esos días –año 2007- hubo muchos dirigentes vecinales amenazados de muerte por las pandillas, debido a que se desarrollaba una campaña de denuncia contra la delincuencia y una demanda de medidas a las autoridades.
“Claro que estamos asustados a veces, tenemos familia detrás”, señala tras ese episodio.
Pero eso no ha sido todo en el campo de los sinsabores. Entre sus pares hubo una época en recibió acusaciones de corrupto y dictador. Hasta de acoso sexual lo acusaron. Sin embargo, no solamente es líder de la Unión Comunal elegido en varios periodos, sino también el presidente de la junta vecinal de su barrio Anahuac.
“A la larga la gente me ha dado la razón, tengo mis manitos limpias; no trabajo por ningún partido político, no trabajo para el municipio, no trabajo para el gobierno, soy transversal (…) porque nosotros como dirigentes tenemos que buscar el bien común de nuestra comunidad, mejorar la calidad de vida, que es lo que algunos predican pero se les olvida cuando entran a cargos públicos”.
UN TÍTULO DE DIRIGENTE
Con todo, su pasión actual es la exploración que realiza en torno al repotenciamiento del rol del dirigente y de las condiciones que debe tener para ejercer esa labor, aparte por supuesto de la vocación y de aceptar que no hay sueldo.
Hoy el dirigente vecinal –según explica- está interviniendo en temas mucho más profundos, como borde costero, seguridad ciudadana, ordenamiento territorial de los avances que hay. El dirigente tiende también hacia una mayor capacitación participando en congresos nacionales y locales, viendo en terreno experiencias de otras comunas. Hoy existe una participación diferente, se le consulta más, aunque igual sigue habiendo cosas inconsultas.
Por ejemplo -dice Torres-, si a la Unión Comunal se le hubiese pedido la opinión por la rotonda que da acceso a la ciudad de Puerto Montt –la “rotonta” como ha sido bautizada- de seguro no se habría hecho porque se trata de un sistema que genera peligro para las personas y ya está obsoleto en el país. Lo propio ocurre con el nuevo edificio consistorial, donde, a juicio del dirigente, los arquitectos pudieron haber recogido elementos de la identidad de Puerto Montt.
Sin embargo no es que el sistema considere necesariamente buscar la opinión de la dirigencia vecinal, ni tampoco tomarla en cuenta si la dan, porque en el 90 por ciento de los casos de asuntos de interés público son los propios dirigentes los que deciden intervenir por si mismos o acicateados por sus vecindarios. Se han dado fuertes luchas en este ámbito.
Torres es de los que cree que el dirigente vecinal debería tener un certificado, una especie de título que lo avale como tal. Que certifique que conoce y sabe desempeñar funciones como presidente, secretario, tesorero y director. Debería tener una capacitación diversificada, no solamente charlas, sino escuelas como las que se han desarrollado en Puerto Montt y que apunten especialmente a las cuestiones administrativas que suelen presentar las más complejas dificultades.
“Yo me reconozco como alguien que ha ido aprendiendo a golpes y creo que la mayoría somos así”, dice, pero eso debe cambiar porque el mundo es cada vez más exigente, indica.
Egresada de una escuela de dirigentes la persona debería tener un certificado que lo diga y que esté firmado o por el Ministerio del Interior, la DOS, por el Gobierno Regional, o por los que correspondan. Esa es su propuesta.
Y frente a la pregunta de si ello no llevaría a la formación de una casta de privilegiados e inamovibles dentro del mundo vecinal, Torres responde con firmeza que obviamente se debe ordenar el funcionamiento de las juntas a nivel nacional y local. Que tengan un periodo del año en que se renuevan obligatoriamente todas las directivas de juntas y a continuación otro periodo inmediato para elecciones en las uniones comunales. Eso debe ser público, fiscalizado y supervisado y así nadie se haría el “cucho” con las elecciones, porque algunos se “olvidan” de convocarlas. Eso se llama “ponerle tope” y así el dirigente no se aperna en el cargo, ni arma camarillas.
Además, incorpora la idea de ayudar a los dirigentes jóvenes a avanzar e incorporar a las juntas más jóvenes que ahora.
FUTURO Y JUVENTUD
En defensa de los jóvenes de esta época, tan criticados por los adultos por su “no estoy ni ahí”, por la droga, el alcoholismo, la delincuencia incluso, Torres sostiene que “la juventud ha sido muy estigmatizada; hay muchos programas de gobierno pero no le preguntan a los jóvenes que es lo que quieren y ahí creo que está la gran falencia”.
“El mensaje no es tanto para la juventud, sino para los que están arriba para poder insertar a nuestra juventud. Nuestra juventud no es mala, todos hemos sido chacoteros, hemos tenido nuestras falencias y estos jóvenes que en estos momentos andan delinquiendo, andan haciendo cosas que no corresponden, tenemos que ver primero la base de la familia y aquí las leyes no están hechas para castigar al papito. Los niños de 12 a 16 años que andan en la calle a las 12 de la noche no es culpa de nadie, es culpa de la familia”, subraya.
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