RICARDO ALFONSO CASAS MAYORGA, PRESIDENTE DE LOS TRABAJADORES DE INDUSTRIAS PESQUERAS
Nos hemos dado cuenta que no somos de clase media, sino simplemente trabajadores, y pobres.
Aunque ya es un cliché –como él mismo lo dice- la expresión “convertir una crisis en una oportunidad” es recogida por RICARDO ALFONSO CASAS MAYORGA para posicionarse en el actual escenario que enfrenta el sindicalismo en la Región de Los Lagos. En los últimos dos años las cosas han cambiado en ese ámbito, porque esta no es una época exclusivamente de reivindicaciones salariales, laborales, ni de conflictos, sino de solidaridad, de asociatividad y para explorar caminos de solución que aún no han sido probados y que pudieran rayar en los sueños. Hoy –según fluye de sus expresiones-, más que un dirigente combativo y de gran carisma se requiere de una persona que también sea preparada, que sepa de leyes, que conozca, aunque sea en forma autodidacta, las experiencias y propuestas que el mundo del conocimiento pudiera poner en sus manos para salir del abismo.
Él es presidente de la Federación de Trabajadores de Industrias Pesqueras y consejero nacional de la CUT y estima que hoy existe una oportunidad clara para desarrollar un “sindicalismo real”, porque la gente unida por la tragedia de la cesantía ha terminado reencontrándose como los trabajadores que son, frágiles frente a cualquier crisis empresarial, aterrizando tras vivir en una suerte de mundo de fantasía en que muchos creían pertenecer a la clase media y en que individualmente o como máximo sólo parecían importarles sus empresas, plantas o sindicatos, en forma separada del resto, e veces hasta en abierta competencia.
Ricardo reconoce su militancia comunista, aunque aclara que “sería estúpido pretender llevar la doctrina a los sindicatos” y por tanto no hay proselitismo en el quehacer gremial, asegura, pese a acusaciones que en ese sentido suelen hacerle incluso “compañeros” socialistas. En el sindicato hay gente de todas las opciones políticas, de derecha e incluso apolíticos y esa realidad debe ser respetada, indica.
Nacido en Fresia, el 13 de septiembre de 1970, fue criado por sus padres en Temuco y actualmente vive en Puerto Montt desde el 2002. Se define como padre soltero de 3 hijos: Camila de 17 años (de su primer matrimonio); Ariela de año y medio y Lucas de poco más de un mes, hijos que ha tenido con Paula, su actual pareja.
INGRESA AL SINDICALISMO
Ricardo Casas viene del mundo de la artesanía –incluso se considera medio hippie- “entré por una casualidad al mundo sindical puesto que trabajaba durante todo el año (viajando) en el invierno al norte y en el verano al sur; un año nos quedamos sin dinero en Puerto Montt y donde arrendábamos una señora le ofreció trabajo a mi señora y “si el joven quiere ir a trabajar que se corte el pelo y se afeite” dijo refiriéndose a mí”.
Era el año 2001 cuando comenzó a trabajar en la Eicosal en Puerto Montt. “La idea era hacer eso un mes, comprar materiales y seguir viajando, pero nos quedamos un segundo mes; ahí, tras superar el quórum de 250 trabajadores se formó un sindicato en la empresa, yo me inscribí para la elección de dos dirigentes, levanté mi mano y salí elegido”.
Ese día –recuerda- llamó a su padre que actualmente reside en el sector rural de Temuco para contarle que había sido elegido. Su progenitor había sido dirigente sindical en Lechera del Sur y de alguna manera le había transmitido esa vocación. “Hijo, el día que tú le hagas daño a terceros no entras nunca más en la puerta de mi casa” le dijo su padre. Es decir, el mensaje era claro: “representar a los trabajadores, para los trabajadores y no para beneficios personales”.
“El comienzo fue un poco difícil porque tuve que retomar el hábito de leer y leer mucho y tuve que retomar también el tema de redacción. Si yo no estudiaba, si no leía el Código del Trabajo, si no me iba interiorizando en lo que eran las leyes no iba a servir”, señala.
Luego vino la CUT que ha sido otro fuerte desafío y donde fue bienvenida la representación laboral del salmón especialmente cuando la industria era fuerte.
Pero todo este país es centralizado y la CUT no escapa a eso: “de los 45 consejeros habemos tres que somos de regiones, no hay recursos para quienes no están dentro del ejecutivo, por lo tanto tiene que costearse uno los pasajes para ir a las reuniones; son reuniones que duran cuatro horas y después uno tiene que volverse”.
SURGE Y SE DESARROLLA LA CRISIS
Según refiere, esos años en que se iniciaba como dirigente no se presagiaba la “hecatombe” en la industria del salmón. Recuerda que el primer despido masivo que les tocó enfrentar como directiva fue gatillado por la reforma laboral del 2001. “Hubo empresarios que hicieron despidos masivos en repudio a esa reforma, a pesar que no fue una reforma laboral profunda”, señala. La ley partía el 1 de diciembre de ese año “y a nosotros nos despidieron a 60 compañeros en la víspera”.
Respecto de las anticipadas denuncias de los ambientalistas dice que él, por ser “medio hippie”, las escuchó y olía en el ambiente que el futuro se podría tornar incierto. Pero –según explica- la gran mayoría de los trabajadores veía a esas personas con los ojos de los empresarios y los consideraban enemigos.
Frente a la posibilidad de recuperación de la industria, Casas afirma categóricamente que “aquí tiene que haber un desarrollo sustentable; las cosas se pudieron haber hecho mejor, se pudo haber escuchado y no haber sido tan tozudo. Yo creo que la salmonicultura se puede desarrollar pero con respeto al medioambiente y con una sustentabilidad real”.
Desatada la crisis sus implicancias cuantitativas han sido tratadas ampliamente. Pero en lo que respecta a la dimensión humana más profunda, aún queda por ver las heridas que dejó y está dejando en la gente. Con anterioridad había trabajadores que creían pertenecer a la clase media, porque gozaban de cierto status, tenían sus bienes y un pasar si bien no holgado al menos asegurado. Pero viene la crisis y “te despiden de la pega y tienes que vender el auto, sacar tus hijos del colegio, tienes que devolver tu casa y de ser clase media a ser miserable es un paso” –apunta Ricardo Casas-. “Hoy día eso fue lo que vimos reflejado: no éramos de la clase media”.
“Hoy día lo que se tiene son deudas, pena y angustia”.
La depresión por cesantía ronda a flor de piel entre quienes han sido desvinculados de la industria salmonera: “Tenemos compañeras que tú las miras y lloran”, explica. Y aunque uno va creando “cierto tipo de anticuerpos y ya es más frío” siempre surge una situación en que “uno se quiebra; por ejemplo, una compañera la otra vez me mencionaba que en su casa no había confort y que tenía una toalla para secar a su niña cuando iba al baño”.
Y si ayer la gente no le daba mucha importancia a la ficha de protección social hoy sí, porque es la puerta por la cual puede llegar ayuda. Es hasta paradójico observar que las personas parecieran sentirse más “felices” en la medida que tienen más puntaje en este sistema: “como si estuvieran contentas de ser más pobres”.
Ni qué decir tiene la cuestión del supermercado. Ricardo dice que le ha tocado acompañar a mujeres cesantes que tras haberse ganado unos 30 mil pesos en los programas de capacitación actúan casi como niños, llenando sus carros a sabiendas que no van a poder pagar todos los artículos. Les cuesta renunciar a los tiempos en que disponían de 150 mil pesos o más para abastecer el hogar. Ver eso es penoso también, reconoce.
BUSCANDO NUEVOS CAMINOS
La oficina de la Federación que funciona en el viejo y derruído caserón de la CUT al lado de Prefectura de Carabineros en Puerto Montt, está convertida en un verdadero cuartel general de asistencia social y los dirigentes sindicales, entre ellos Casas, están abocados prácticamente el cien por ciento a esa tarea. De vez en cuando surge una marcha por las calles de la ciudad, al parecer, para que la opinión pública y las autoridades no olviden que miles de compatriotas están viviendo un tremendo drama.
Pero hay que pensar que no se puede pasar el resto de la vida recibiendo ayuda. Hay que volver a pararse y retomar el impulso.
Casas cree que la industria tiene para rato y que incluso cuando se recupere ya no habrá espacio laboral para todos los que se fueron. Por eso urge buscar caminos nuevos y en eso se han estado devanando el cerebro con los demás dirigentes, hasta que han concluído que el cooperativismo pudiera ser ese nuevo camino para muchos de los que no volverán.
Tras algunas consultas en reparticiones fiscales -como seremía de Economía, Fosis y Sercotec-, Casas tiene la idea de que el cooperativismo pareciera tener más oposición que apoyo a nivel de la burocracia. Está consciente que el cooperativismo no es muy empático con un modelo como el imperante, que tiende a favorecer más el individualismo que la asociatividad, que desconfía en la capacidad de los trabajadores.
Por ejemplo, dice, hay nicho para cooperativas de trabajadores cesantes en la construcción y específicamente para llevar adelante programas como reparación y ampliación de viviendas; en la gastronomía e incluso en los cursos de costura en que han estado participando mujeres se encuentra la posibilidad de generar una “economía solidaria”, con arreglo a la cual los trabajadores generan una suerte de mercado para abastecerse y ayudarse entre sí.
Que es un sueño, a Ricardo Casas no le cabe ninguna duda. Pero “es un sueño posible” sostiene y se afana por avanzar en ese campo. Esto es casi como la mutualidad, pero a su juicio entroncaría con la necesidad de encontrar un camino para la gente.
DE CONFLICTOS Y DE VILLANOS
Una palabra final para desatar un estereotipo que existe respecto al dirigente sindical, sobre todo aquel de pelo largo, moño y barba –y más encima comunista- como es Ricardo Casas.
De partida ser dirigente no es sinónimo de armar conflictos y lanzarse a la calle. “Hoy las cosas no se hacen a lo leso. Tienes que saber que vas a conseguir algo con una movilización, sino tú mismo matas el movimiento sindical y después de ser un connotado dirigente al otro día eres nadie y llegan hasta tu casa los mismos trabajadores a reclamarte que tú creaste un conflicto y que tú echaste a perder la situación”.
No le ha tocado pasar por eso –dice- pero ha visto caer dirigentes incluso dentro de la industria del salmón, pasar de héroes a villano de la noche a la mañana. De importantes para algún seremi o para alguna caja de compensación a un don nadie a que ni siquiera se le salud. “Aquí yo no tengo amigos en esos lugares”, expresa.
La calle la conoce, ha trabajado ahí con su paño sobre la vereda, sus artesanías, así que volver a la calle no le afectaría tanto como a otros que creyeron ser amigos de alguna autoridad. Y si tuviera que pedir plata algún día por necesidad, asegura que los viejos cruzarían la calle para darle una moneda, porque la relación que ha cultivado en el sindicato es más de solidaridad, de respeto y apoyo, que cualquier otra cosa.
Pero sigue creyendo -y este es un mensaje para los jóvenes- en que “la única forma de solucionar nuestros problemas es a través de una organización”.
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