FONDO DE MEDIOS 2009

 

AMELIA DEL CARMEN ANTIÑANCO PAIRO

Secretaria de la Unión Comunal de Juntas de Vecinos de Castro.

Desde amenazas de muerte de parte de delincuentes hasta la indiferencia y el nulo respaldo de las autoridades comunales suele enfrentar hoy por hoy un dirigente vecinal en la ciudad de Castro, capital de la Provincia de Chiloé. No todos tienen la fortaleza y el carácter para seguir adelante bajo esas condiciones y tras husmear un par de días en las organizaciones algunos prefieren volver a refugiarse en sus propias cosas.

Pero hay personas como doña AMELIA DEL CARMEN ANTIÑANCO PAIRO que ya está más de 20 años en estas lides, sorteando todas y cada una de las dificultades. Comenzó a trabajar en el mundo social durante los años 87-88, bajo el régimen de Pinochet, en la organización de comités de allegados cuando “había un hacinamiento atroz en las poblaciones” y urgía solucionar el enorme déficit habitacional que enfrentaba la ciudad a raíz de la inmigración desde las islas y el propio crecimiento de las familias de Castro.

Doña Carmen ha tenido varios cargos en la Unión Comunal de Juntas de Vecinos “Esteban Antihual” de Castro, fundada recién el año 2005, tras reemplazar una anterior que desapareció por inercia y falta de respaldo. Ha sido presidenta, tesorera y actualmente es la secretaria. Al mismo tiempo es la presidenta de la Junta de Vecinos de la Población Camilo Henriquez, que es donde vive y una de las 25 que conforman la agrupación.

Casada 28 años con el profesor Carlos Antonio Ferrada –un santiaguino avecindado en Chiloé- es madre de tres hijos y abuela de dos pequeños. Nació el 21 de noviembre de 1955 en Castro y es la menor de los cuatro hijos que tuvieron sus padres quelloninos y evangélicos hoy fallecidos. “Soy dueña de casa y dirigente social”, dice con orgullo cuando se le pregunta por su ocupación.

La fortaleza y la constancia que tiene para enfrentar sus deberes autoimpuestos cree haberlos heredado de su familia donde aprendió a vivir la solidaridad junto a su padre no vidente y a su madre devota, una mujer que no rehuía entregar lo último que tuviera a quien lo necesitara con el dicho de “Dios proveerá”.

“Para ser dirigente hay que ser muy valiente y hay que ganarse el respeto de la gente”. Alguien tiene que hacer esa pega, señala, y de alguna manera se viene condicionado desde la niñez, del hogar, de la familia en que se haya criado uno.

Reconoce que sus hijos sufrían cuando eran niños y cada vez que venían elecciones le rogaban que no se postulara; “mi esposo no me dice nada, porque él ya se acostumbró”. Pero ahora los hijos ya crecidos entienden que “es mi vida estar solucionando los problemas de todo el mundo”.
“Yo creo que nací así, creo que Dios me hizo que sea así porque no se en qué momento me proyecté como dirigente, no tengo idea”.

“Mi papá era no vidente, ellos nos dieron estudios con esfuerzo pero nosotros éramos evangélicos desde niños; mi mamá era igual que yo, si le pasaban a pedir algo daba lo último, nos enojábamos por eso, pero ella siempre decía: bueno, Dios proveerá. Tenía una fe enorme y nos legó eso de ayudar”.

Donde doña Carmen cristalizaría su vocación de servicio público, sin embargo, sería durante los primeros años que llegó al barrio en que vive junto a su familia, a comienzos de los 90. Por entonces no había ni alcantarillado, ni calles pavimentadas. Los habían lanzado a un terreno que casi no estaba conectado con la urbe, premunidos sólo de un baño y una cocina en torno a la que debían armar su casa. Eran tiempos duros porque la insalubridad, los pozos negros, y la sarna castigaban con virulencia a los niños.

En esas circunstancias se templa su carácter como dirigente porque debe asumir lo que los demás no se atrevían y no se sentían capaces de realizar: la organización y la representatividad de sus vecinos. Ahí “uno tomó el cargo y empezó a tener éxito, empezó a solucionar cosas que nadie hacía”.

La gente, con el paso de los años y en virtud del trabajo voluntario de sus líderes, ha logrado superar ese estado de cosas. Las casas son mejores, hay alcantarillado, calles pavimentas, etc. Las familias han crecido y los hijos –como los de doña Carmen- ya son profesionales, se han ido y forman sus propios hogares. A ella aún le queda en casa “el conchito”, un joven de 17 años que se prepara para emprender vuelo también.

En este tránsito doña Carmen se ha convertido no solamente en una verdadera autoridad de su barrio: sabe todo lo que pasa, todo se lo consultan. Incluso la gente recurre a ella para solucionar problemas privados, como violencia intrafamiliar, por ejemplo. Por cierto, dice que son secretos que guardará celosamente de por vida. Así ha aprendido también a tramitar asuntos de pensiones, servir de mediador en las familias y participar en la gestación de los grandes proyectos habitacionales de su ciudad.

“La gente le tiene a uno una confianza muy grande, uno sabe muchas cosas de la vida íntima de las personas y se las guarda, uno no más las sabe”.

A las amenazas de muerte que alguna vez ha recibido siempre ha respondido mostrándose más resuelta que su amenazador. Hay que “demostrar que uno es más valiente que los que están amenazando, demostrar que uno se la puede y que ellos no pueden contra uno”, recomienda.

Con todo, lo que le resulta difícil de sobrellevar es la indiferencia con que las organizaciones vecinales son tratadas en Castro por el alcalde, que al igual que ella han pertenecido a la Concertación. Se trata de un personaje rencoroso –por lo que explica- que al parecer no perdona a los dirigentes no participar activamente en las campañas políticas afines a la autoridad. Y el caer en desgracia le significa a la Unión Comunal, como mínimo, no tener oficinas como suele suceder en todas las ciudades, donde los alcaldes valoran la labor del dirigente y lo respaldan. Eso los obliga a rotar el funcionamiento por las sedes de las distintas juntas y aunque es poco ortodoxo dice que finalmente les permite estar más en contacto de las bases.

Ha trabajado con cuatro alcaldes y sólo con el actual no han podido mantener buenas relaciones –insiste- por su inclinación a intervenir en las organizaciones cuando por ley no puede hacerlo. A veces hasta por no participar en sus campañas políticas se termina cayendo en desgracia.

No hay una escala para medir el trabajo de un dirigente, pero en 20 años de estar vinculada al ámbito vecinal doña Carmen estima que se han logrado importantes avances en materia habitacional. Actualmente se construyen en Castro alrededor de 790 viviendas y a comienzos del 2009 se entregaron unas 200 viviendas a familias “más carenciadas”. Aunque es cierto que hubo un periodo de 10 años al menos en que no se construyó.

Pero es la Unión Comunal la que organiza los comités de vivienda, les da el impulso y los conecta después con la EGIS (empresas gestión inmobiliaria social). Eso es un enorme trabajo, hasta en su propia casa atiende a la gente y “nosotros no ganamos lo que es nada; las gracias nomás (ríe)”.

Respecto de la sociedad actual estima que “en este tiempo se han perdido los valores, se ha perdido el ver el problema del otro, hay un individualismo muy grande, un egoísmo grande”.

“Más encima ese tipo de personas nos suele juzgar mal piensan y propalan que nosotros –los dirigentes vecinales- estamos en la organizaciones para robarnos la plata. Hay gente que no puede concebir la necesidad de que todos estemos bien”.

Pero para ella una cosa es clara y es la que la llena de satisfacciones: “cuando uno está ayudando a otro está haciendo lo que el Señor”. Además que llevar una vida activa y ordenada como es la que lleva le permite mantenerse en buen estado de salud.

Frente a la posibilidad de que el concepto solidario sea recuperado, anide y crezca en la juventud actual, doña Carmen plantea que “los adultos somos los que tenemos la más alta responsabilidad, los padres están antes que los profesores, deben dar el ejemplo, ser coherentes en el decir y el hacer”.

Por cierto, estima que la familia que es la base de la sociedad, es la que con el ejemplo educa a las futuras generaciones. Y ahí descansa el futuro.

 

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